sábado, 12 de septiembre de 2026

Elige la sencillez como estilo de vida

 


Por mucho que lamentes las complejidades de la vida, cambiar el mundo no es tarea fácil. Si el mundo no funciona como tú quieres, quizá lo mejor sea que cambies tú. De esta manera, podrás moverte en él con toda comodidad y sencillez. ¿Sabes? en lugar de salir de tu propio camino e ir a buscar lo extraordinario, ¿qué te parecería vivir más despreocupado y cambiar de una manera sutil tu vida cotidiana, la vida diaria?

 

La sencillez es un camino seguro, real. Un primer plano en el que se hace visible la sencillez es en  la apariencia. ¿Cuánto necesitas “adornarte” físicamente para sentirte cómodo con tu apariencia personal? ¿De qué manera arreglarte o no hacerlo hace que te sientas más o menos presentable? Cuidar de nuestra apariencia es importante. Cómo nos vemos exteriormente también habla de nuestro interior.

 


Es la imagen que proyectamos al mundo y determina la primera impresión que se llevarán de nosotros muchas personas. Hasta ahí todo es razonable, pero cuando esa presentación personal se transforma en un tema obsesivo, comienzan los problemas. Un toque de vanidad no le sobra a nadie, pero si esto se llena de miedos, inseguridades o grandes inversiones de tiempo y dinero, puede que haya algo más de fondo. La sencillez en la apariencia es auto aceptación y autovaloración.

 


Una mente sencilla. La sencillez en el pensamiento es lo que generalmente llamamos “sentido común”. Ver la realidad sin tratar de ponerle muchos adornos ni complejizarla innecesariamente. Implica entonces una mirada desprevenida y objetiva sobre lo real. Así mismo, la sencillez mental facilita la comprensión de otros puntos de vista. Reduce o termina con esa necesidad de poseer la verdad, de imponérsela a los demás o de lograr que todos piensen de manera uniforme. Las mentes sencillas aceptan espontáneamente que hay muchos puntos de vista; de esta manera, trasforman el problema en una valiosa fuente de enriquecimiento personal.

 

Una mente sencilla también se expresa con la naturalidad propia de quien no está interesado en demostrar nada ni en crear mitos a su alrededor. Sus palabras son claras y elocuentes. Sin adornos innecesarios. Sin pretensiones de erudición o marcas de clase social intencionadas. La sencillez hace que expresemos lo que pensamos de forma directa y simple.

 

 


La sencillez es una virtud maravillosa y no tan común como debiera ser. La sencillez combina dulzura y sabiduría. Es estar libres de disfraces que garantizan el trato veraz y sin dobleces. La persona sencilla se entrega y el engaño no le puede afectar. El ser sencillo implica no tener dobles intenciones, no tener una mente escabrosa. Quien es sencilla/o, piensa de forma elevada, desde toda esa gama de valores, desde la fe, desde la esperanza, desde el amor incondicional Es uno de esos atributos que adorna a cualquier otro. Siempre está asociada con la humildad y denota nobleza y madurez. Por eso, aunque resulte paradójico, las personas extraordinarias aquellas que vemos que se donan, se entregan desde la humildad, desde la generosidad, no para que las vean o alaben, sino a manera de hacerse uno con el sufrimiento de los seres vivos, son quienes viven esta actitud vital de la sencillez.

 


Algunos definen la sencillez como la celebración de lo simple, de lo pequeño. En otras palabras, quien es sencillo se muestra capaz de disfrutar de las pequeñas cosas. También las agradece. No tiene ni sus expectativas ni sus ambiciones puestas en lo superficial. Por eso, el primer favorecido con la sencillez es quien la vive. Vivir en sencillez, es ser adaptable y saber aceptarse y aceptar. Estas características llevan a que todo fluya, sin intentar forzar o cambiar su curso. Todo esto favorece la espontaneidad, otra virtud que solamente tiene lugar en las personas equilibradas y saludables. En realidad, la sencillez consiste en hacer el viaje por la vida, solo con el equipaje necesario.

 

Recordar de dónde vienes, tus primeros aprendizajes de niño, esa ayuda desinteresada que alguna vez recibiste y esos anónimos personajes que llegaron a tu vida en el momento indicado (ni antes ni después) para escucharte, dar un consejo o simplemente compartir una sonrisa., he ahí la sencillez.


 

La sencillez te hace más cercano ante otro ser humano, ante cualquier ser vivo, como una especie de lenguaje del espíritu en que no se pide nada ni hay expectativas por lo que eres o tienes. La sencillez llega profunda al corazón porque nace desde ahí. La sencillez es un estado de pureza y de bondad en donde el desafío de construir una relación sencilla con uno mismo, es la base para hacerlo con todo ser que respire. Finalmente, si eliges la sencillez te sentirás pleno a cada momento, amarás, sin condiciones.

Sencillez

 

 
Te invitamos a escuchar con el corazón esta pieza “Sencillez” que viene de ese amor infinito de Dios para ti y para todos a quienes la quieras compartir. ¿Sabes? La sencillez es un camino seguro, real. No nos protege de la fragilidad de la existencia, pero sí cambia por completo la forma en que la afrontamos. Entonces la sencillez es vivir en esa actitud sabia, abierta, compasiva sin juicios, generosa, simple, sin máscaras, sin tanto pensamiento que abruma la mente y cansa al espíritu, simpleza que va más allá del miedo y que por no resistir a nada, aunque duela, no hay sufrimiento. 
 
 La sencillez no elimina el riesgo, pero nos despoja del exceso de equipaje emocional y material para movernos mejor en la tormenta. La sencillez no evita la incertidumbre, pero al renunciar al control absoluto (que es una ilusión), nos permite aceptar la vida tal y como viene, con más asombro y menos resistencia. Quien vive con sencillez no busca una vida perfecta y garantizada, sino la capacidad de encontrar paz en lo pequeño, incluso cuando el panorama general es incierto. 
 
La sencillez es una virtud esencial que refleja el carácter de Dios, la humildad y la confianza plena en Él por encima de todo viviendo solamente el hoy, el aquí y el ahora, sabiendo que la mente (nuestra capacidad pensante) se conquista con amor, con respeto, con constancia porque hemos de educarla a pensar sólo lo necesario, lo sabio, lo amoroso, dándonos a esta creación tan mal tratada, buscando siempre la verdad sin ropajes, sin artificios, simplemente, siendo……SER en el Amor compasivo…..

La Compasión: el más alto grado del Amor


 Necesitamos URGENTEMENTE volver a nuestro Origen: Dios, en el cual vivimos, nos movemos y SOMOS. Desprendernos de lo que no somos: ira, miedo, tristeza. Ser como nuestro Creador: DONADORES, darnos, entregarnos como Jesús, sabiendo que ya tenemos todo en nuestro interior para vivir SIRVIENDO sin perdernos en el hacer y el hacer, sino SIENDO AMOR por donde quiera que miremos, hablemos, vayamos, hagamos. SER COMPASIÓN, ¡¡SIEMPRE!! como Jesús, como tantos y tantas, como lo es el Padre Dios, nuestro Abba profunda y totalmente CARIÑOSO, AMOROSO, TIERNO.  

Dios nos cuida y cuidar es sabio, es darnos desde la alegría de ese Dios alegre. Nuestra autoestima ha de permanecer en Él 24 horas al día, pues Él nos da la posibilidad de ser presencia transformadora y comprometernos con la vida, para atravesar y disolver el sufrimiento, aunque muchas cosas duelan pero NO RESISTIMOS nada. En Él podemos auto conocernos de verdad, generando actitudes abiertas y cooperativas y Avanzar JUNTOS en construir un mundo más amable, más pacífico y en armonía. Quizá sintamos insatisfacción con nuestra vida, aislamiento, depresión, ansiedad, soledad, o puede que las diferentes situaciones y relaciones nos sobrepasan. De hecho hay personas que ya han dejado de intentar tener relaciones saludables, íntimas y cercanas, por agotamiento, o sencillamente porque les desborda el alto nivel de aferrarse cada uno a sus creencias, sus pensamientos nada sabios, su necedad día tras día, locura, egoísmo, individualismo e ignorancia que está dañando tanto. 

 Las creencias y los hábitos que nos impiden amarnos bien y plenamente, cuidarnos y cuidar del planeta, surgen de un malentendido: el espejismo de la separación. La mente de la separación nos ha alejado de los principios de abundancia en el amor verdadero, de la generosidad, la reciprocidad e interdependencia que rigen en la naturaleza. En todo momento contamos con la elección de retornar a la interconexión o de separarnos. Los divorcios a gritos nos dicen que ha habido una gran incapacidad para trabajar cada persona en su interior, gran incapacidad para amarse así mismo como Dios nos ha amado primero, gritan una gran CEGUERA INTERIOR, porque no hay vida interior, y se ha querido y preferido vivir desde la superficialidad, desde no entender nada de nada sobre NADA. 

Y seguimos así, porque no somos conscientes de ello y actuamos desde el piloto automático, los hábitos y condicionantes, y nos separamos de nuestro núcleo sano, positivo, vital y relacional como lo es nuestro SER ORIGINAL, pues se nos olvida que venimos del SER que es el AMOR DE TODO LO CREADO: Dios. Cuando vivimos con la mentalidad de separación, no estamos plenamente presentes en la interconexión y perdemos energía, por eso vamos por la vida llenos de ira, de miedos, de tristeza, enfermos de tantas cosas. En cambio, cada vez que vivimos con la mente que percibe desde ESE AMOR SIN CONDICIONES, desde ESE DONARSE, y estamos en presencia plena, en atención plena frente a nosotros mismos, frente a los demás, frente a Dios, nuestro ser se energiza y revitaliza. La interconexión es un estado natural del ser, sin embargo, dejamos de sentirlo al vivir en un entorno que nos condicionó a partir de la infancia. 

Aprendimos a etiquetar, comparar, reaccionar a la vida desde un lugar de desconexión, en vez de percibir desde DIOS, ese ser UNO como el Padre y Jesús, son UNO y quien es la unidad con la vida. Como dirá Rabindranath Tagore : “Dormía y soñaba que la vida era alegría. Me desperté y vi que la vida era servir. Serví y vi que servir era la alegría” Decidámonos a ser compasión: COMPRENDER, que permite que nos conectemos con el otro, con la creación. La compasión es uno de los pilares de la vida de la persona, siendo “cómplices” del AMOR INCONDICIONAL, compañeros en las buenas y en lo que duela, apoyarnos aunque seamos diferentes sabiendo que en el fondo tenemos muchas cosas en común, creando relaciones que florezcan: estar ahí, de pie como María, sin enjuiciar nada ni a nadie, sólo irradiando COMPASIÓN dándose, entregándose y entregando también todo y a todos. 

La compasión nos ayuda abrazar (he de aceptarlo) el dolor propio y ajeno para atravesarlo y trascenderlo, transformarlo para florecer al estilo de Jesús.

Dios, Tú eres el Océano de la Paz

Dios tú eres el Océano de la paz
 
 

Tú eres nuestro Dios, nuestra Paz, nuestro Todo. En ti cobra sentido esta vida, pues sin ti el interior del hombre es un caos. Cuando las cosas vayan mal no te dejes arrasar por ellas simplemente déjate poseer de Dios el Océano de Paz que habita en tu interior. 

Él te renovará y te dará nuevas fuerzas. No olvides que todo pasa, sólo Dios permanece y tú con Él, porque como Él también tú, eres eterno, eterna. Padre, Océano de la PAZ, Gracias por caminar con nosotras en este proceso de SER, hasta llegar contigo, a Casa. 

Filósofas hnas Flor Cervantes y Gema Uranga oblatas benedictinas

domingo, 30 de noviembre de 2025

El Adviento está aquí

 


¡Ya llegó el Adviento!

Ponte en Modo Adviento y dispón tu corazón a una espera activa en el Amor concreto.

 

Vivimos estos días como si el calendario se hubiera convertido en una cuenta atrás hacia una fiesta que no celebramos, sino que compramos. El tiempo que va del Black Friday a la Navidad se ha transformado en una especie de túnel luminoso donde todo invita a la prisa: anuncios que caducan, ofertas que prometen ser irrepetibles, escaparates que nos asaltan como si la felicidad estuviera escondida detrás de un código de descuento. Cada año, la maquinaria comercial anticipa un poco más sus celebraciones: luces encendidas semanas antes de diciembre, músicas festivas que empiezan a sonar cuando el otoño aún no ha terminado, mensajes que nos aseguran que, si no compramos ahora, perderemos una oportunidad que no volverá.

 


Pero el Amor de Dios viene al rescate: «¡Estad en vela!» es la consigna decisiva del Adviento. La hora de Dios no se deja encerrar en calendarios ni en previsiones humanas; llega cuando menos lo esperamos, porque Dios irrumpe siempre de modo sorprendente y desconcertante. Estar en vela no significa vivir angustiados, sino mantener el corazón despierto, libre de rutinas que adormecen y de seguridades que nos vuelven ciegos. Es vivir atentos a los pequeños signos que revelan su presencia: una palabra que ilumina, una necesidad que nos llama, una persona que nos sacude, un silencio que nos abre los ojos. 


Adviento es aprender a no dar nada por supuesto y a reconocer que Dios puede venir por cualquier camino y a cualquier hora. Por eso la vigilancia es una forma de amor: quien ama espera, y quien espera permanece despierto. Así, velando con humildad y esperanza, descubrimos que la hora de Dios no está lejos, sino que se acerca suavemente a nuestra vida, ahí en los más indefensos incluyendo a los animalitos, a la naturaleza, así que en este Adviento, deja que Dios te encuentre justo donde estás: en lo pequeño, en lo sencillo, en lo de cada día. Allí, en lo que nadie ve, Él quiere nacer. Abre tus manos…y permite que la ternura de Dios transforme tu vida para que también otros puedan encontrarlo en ti.

 


Adviento quiere decir tener nostalgia del Amor de Dios. Quiere decir estar en silencio sobre todo interior esperando a Dios que viene en el hermano, en aquél que no acepto, en aquellos seres que he descuidado, y es que Adviento es ponerse en camino amoroso en atención plena para no dejar escapar ninguna oportunidad de amar como Él me ha amado primero. 


Adviento es el arte de hacer espacio, de vaciar el alma con amor, de preparar no una corona de luces, sino un pesebre en el corazón y no para una figura de yeso, sino para los seres a quien aún les late el corazón y entonces el Emmanuel viene….siempre viene, a nuestro frío, a nuestra noche, a nuestro silencio. Lo Eterno quiere nacer en lo pequeño, en lo humilde, en lo humano.


Que esta luz que encendamos nos recuerde que Dios prefiere nacer en un pesebre antes que en un palacio sin amor.

 

Salmo de la Vigilia

 


Señor, hoy enciendo una luz pequeña, pero mi corazón sueña con tu amanecer. Esta llama humilde me recuerda que no estoy solo/a, que Tú vienes, que Tú llegas siempre al rincón donde más te necesito. Despiértame, Señor, porque muchas veces vivo dormido por dentro, corriendo sin rumbo, dejando pasar la vida sin saborearla contigo.Tócame con tu claridad y haz que abra los ojos del alma para reconocer tus pasos en lo cotidiano.

 


Que esta primera vela encienda también mi confianza, esa que he dejado apagar por el cansancio, por las heridas que cargo, por lo que no entiendo y por lo que aún no sé entregar. Ilumina mis sombras, mis miedos silenciosos, mis búsquedas más hondas. Hazme tierra buena para tu venida.

 


Ven, Luz que no decepciona, entra en mi casa, entra en mi historia, entra en mis deseos, y convierte cada rincón frío en un lugar donde Tú puedas nacer. Que esta llama me recuerde que en lo pequeño renace la esperanza, que en lo frágil Tú te haces fuerte,

y que en lo pobre tu amor florece. Ven, Señor. Despiértame. Ilumíname. Enciéndeme.

 


PARA TI que estás leyendo todo esto: Hoy, al encender la primera vela, queremos invitarte a un gesto sencillo pero profundo: mira honestamente tu corazón y pregúntate ¿Dónde necesitas que Cristo vuelva a nacer? ¿Qué luz estás esperando? ¿Qué parte de tu vida anhela despertar, o qué camino quisieras que este Adviento te ayudara a transformar? ¿Qué te gustaría que Dios ilumine en tu vida durante este Adviento?

 


 

EL ADVIENTO ESTÁ AQUÍ….

“Despierta… Dios viene a tu vida como luz que no puedes controlar, pero sí acoger.”

 

“Como en los días de Noé…Por eso, estén preparados, porque el Hijo del Hombre llegará a la hora menos pensada.” Mateo 24, 37-44

 


El Adviento ha comenzado, no como un evento más en el calendario, sino como un latido del corazón de Dios que late en el tiempo. Hemos venido preparando el corazón desde hace días. Despertando deseos. Nombrando heridas. Y ahora… ya es Adviento.

 

Hoy la Palabra nos regala dos imágenes que son como dos manos que nos sacuden el alma: La luz que irrumpe (Isaías) La llegada imprevisible (Jesús) Ambas nos dicen lo mismo: Dios no se deja controlar. Se deja amar.

 


“Despierta… Dios viene a tu vida.” Adviento vuelve a visitarnos…Y mientras el mundo corre, compra, se acelera y se llena de ruido, el Evangelio nos susurra una palabra sencilla pero urgente: “Velen… estén despiertos.” (Mt 24, 37-44) Hoy Jesús no nos habla desde lo extraordinario, sino desde lo cotidiano: desde ese cansancio que arrastramos, desde esa preocupación que no contamos, desde esa rutina que a veces nos apaga por dentro. Él entra justo ahí… en ese lugar donde muchas veces sentimos que la esperanza se nos ha ido apagando.

 


La Primera Lectura lo confirma: “¡Levántate, brilla! Llega tu luz.” (Is 60, 1-2) Adviento es ese momento en que Dios toca la puerta y nos dice: “Despierta, que viene la luz que estabas esperando.” Despertar no es hacer más, es dejar que Él entre. Es abrir espacio. Es desocupar el alma. Es creer que aun en nuestras sombras, Dios quiere nacer.

 

Al encender hoy la primera vela, no solo iluminamos la corona…iluminamos una decisión interior: volver a la esperanza, volver a la vigilancia amorosa, volver al corazón donde Dios quiere renacer. Que este Adviento nos encuentre con una vela encendida, aunque sea pequeña, aunque apenas ilumine… pero encendida. Porque esa pequeña luz es suficiente para que Jesús encuentre el camino hacia nuestro corazón. Encender la vela… y encender la vida. Esta semana, toma en serio la llamada del Evangelio: velar. Vigilar no es “estar tenso”; es estar atento a por dónde Dios pasa. Un despertar al día.


Haz silencio por un minuto y pregúntate: ¿Dónde necesito despertar hoy?

– ¿En mi fe?

– ¿En mi paciencia?

– ¿En mi relación con alguien?

– ¿En mi misión?

– ¿En mi oración?

– ¿En mi forma de amar?

 

Elige una acción muy concreta para vivir ese despertar durante el día.

Algo pequeño, sencillo… pero real.

 

Ejemplos:

– Escuchar sin interrumpir.

– Hacer una llamada pendiente.

– Dedicar 30 minutos de oración.

– Pedir perdón.

– Soltar un resentimiento.

– Sonreír aunque cueste.

– Hacer algo que te acerque a Dios y a los demás incluyendo a los animalitos callejeros, abandonados….Porque cada amanecer es una oportunidad para que Jesús encuentre tu luz encendida.


DESDE MI CORAZÓN….

 

Amado Jesús, en este primer domingo de Adviento vengo con mis cansancios, mis sombras y mis esperas. Despiértame por dentro. Hazme sensible a tu paso y que ame a los demás, a la creación por ellos mismos y no me esconda en eso que siempre he dicho o me han enseñado: Amar a los demás por Dios. Que ame a los demás porque los acepto aunque no me guste como sean, cómo piensen, y aunque me cueste trabajo ayudar a los animalitos que otra gente echa a la calle. Hazme vigilante en el amor.

 


Que la luz de esta primera vela encienda en mí el deseo sincero de preparar tu venida. Entra, Señor…que mi corazón quiere ser Belén para Ti

Y tú, María, la Virgen de la Espera, ayúdanos, enséñanos a velar con el corazón abierto a la sorpresa de Dios.

 


Unidas a ustedes en el silencio que aguarda

Hnas Flor y Gema oblatas benedictinas

 

sábado, 29 de noviembre de 2025

ADVIENTO: Venir a ser como Jesús, Amor incondicional

 


ADVIENTO PARA TU CORAZÓN

 


Adviento: ¡Dios vuelve a encender la esperanza! Es momento para despertar el corazón, volver a mirar nuestra vida desde Dios y abrir espacio para que Jesús nazca de nuevo en lo concreto de nuestro día a día pero hay qué querer RENACER, querer trabajar el interior.

 

Bájale a la velocidad que llevas entre tanto pensamiento inútil y que detona tantos sentimientos que no te ayudan a estar fuerte, estable, alegre en medio de lo que está o viene.  Mantén tu corazón abierto para despertar a lo que Dios está haciendo aquí y ahora. Dios SIEMPRE vuelve a apostar por nosotros, así que atrévete a decirle a Dios:

“Señor, ayúdame a que quiera cambiar lo que me ha hecho tanto daño: mi egoísmo, esta soberbia, los miedos…


 

Él nos recuerda que aún es posible nacer de nuevo; que nuestras luces y oscuridades, nuestras luchas y deseos, no le asustan porque Él sabe que nos hizo luz, paz, amor, felicidad, estabilidad, seguridad, fortaleza, pero todo eso lo vamos ensombreciendo y ahogando por nuestros pensamientos sin fe adulta, inadecuados.

 

Dios ahora mismo te está susurrando: “Déjame llegar allá donde te da miedo. Déjame entrar donde estás sobreviviendo. Déjame encender lo que creías apagado”.

 


 

“ALCEN LA CABEZA… SU LIBERACIÓN ESTÁ CERCA.”

 


“Cuando comiencen a suceder estas cosas… levántense, alcen la cabeza, porque se acerca su liberación” (Lc 21,20-28).

 

Hay palabras del Evangelio que no se leen rápido. Se leen despacio, casi en silencio… porque rozan esos lugares donde guardamos nuestros miedos más profundos.

 


Jesús habla hoy de signos, de sacudidas, de noches que parecen interminables. Y, sin embargo, en medio de todo, pronuncia una frase que es como una caricia:

“Alcen la cabeza… su liberación está cerca.”

 


Y ahí, Señor, me detengo. Porque todos conocemos algo de esos días en los que la vida se rompe un poco: cuando algo se mueve bajo nuestros pies, cuando lo que creíamos seguro ya no lo es, cuando las noticias duelen, cuando las fuerzas no dan, cuando el alma parece pequeña. Y Tú, en lugar de pedirnos que nos escondamos, nos pides que miremos hacia Ti. Nos dices que levantemos la cabeza, no para negar lo que pasa, sino para recordar que no caminamos solos. Que aun cuando el mundo se sacude, Tu rostro sigue siendo firme, y Tu amor, inquebrantable.

 


Hoy esta Palabra llega a la antesala del Adviento…a estos días donde el corazón empieza a hacer espacio, a limpiar, a ordenar, como quien se prepara para una visita que puede cambiarle la vida. Y pienso que quizá eso es el Adviento: aprender a mirar de frente la realidad —la dura, la que duele, la que no controlamos—y aun así elegir esperar trabajando en mi propio interior, a tu estilo Oh Dios!

 

Esperar con la cabeza levantada, con los pies en la tierra, con el corazón despierto, como quien sabe que tú, Dios Fiel y Cariñoso siempre viene, aunque a veces llegues en silencio, o distinto a lo que imaginábamos. Tú Jesús, hoy, aquí y ahora, nos recuerdas que el final no es el caos, sino la liberación; que no es el miedo, sino la promesa; no es la oscuridad, sino el amanecer. Nos recuerdas que ahora, lo más valiente es seguir amando, seguir sosteniendo, seguir escuchando, seguir caminando, aunque haya signos que no entendemos del todo.

 


PAR TI QUE LEES, pregúntate — ¿Qué situaciones de mi vida hoy me hacen bajar la cabeza… y qué significa para mí levantarla delante de Dios? — ¿Qué “sacudidas” estoy viviendo y dónde descubro al Señor diciéndome: “No temas, estoy aquí”? — ¿Cómo quiero preparar mi corazón no sólo para este Adviento sino para mi día a día lo que dure mi vida aquí en la tierra: ¿Qué quiero soltar, ordenar, abrazar? — ¿Qué liberación necesito que Dios me ayude a nacer en mí?

 

DESPIERTA EL CORAZÓN… EL SEÑOR YA ESTÁ CERCA

 


“Tengan cuidado: no se les embote el corazón con los vicios, la embriaguez y las preocupaciones de la vida… Velen y oren en todo momento.” Evangelio (Lc 21, 34-36)

 


Hay palabras de Jesús que no sólo se escuchan, sino que se sienten como una mano suave que toca el pecho y susurra: “Despierta…”

 


Jesús no nos pide que corramos más, ni que hagamos cosas extraordinarias. Nos invita a algo más esencial: cuidar el corazón, cuidar las propias entrañas, cuidar nuestro SER.

 


Porque el corazón —ese lugar secreto donde Dios habla— puede embotarse. No por maldad, sino por cansancio, por prisas, por preocupaciones que se vuelven demasiado pesadas, por heridas que no se sabe cómo cicatrizar. Sin darnos cuenta, el alma se llena de ruido… y entonces la vida pasa, pero no la habitamos, la tiramos, y nos envolvemos en telarañas que nosotros mismos fabricamos y que nos atrapan, nos esclavizan.

 


Y justo ahí, en ese punto donde nos sentimos distraídos o cargados, Jesús nos susurra:

“Velen… oren… manténganse despiertos.”



Esta palabra llega como un anticipo de Adviento, como si el Señor ya estuviera tocando la puerta por dentro, pidiendo espacio para nacer (RENACER) en lo profundo. Porque el Adviento que comienza no es un tiempo para “preparar cosas”, sino para prepararnos a nosotros, para despejar la cuna interior donde Cristo quiere nacer. Y esa cuna se limpia velando. Se ensancha orando. Se calienta amando. Amándonos primero como Dios lo ha hecho con nosotros y amar a la creación entera ayudando, cuidando a tanto ser vivo indefenso sin olvidar a los animalitos que tanto, pero tanto padecen en nuestras manos y cerebros tan egoístas.

 


Adviento es permitir que Dios despierte lo que está dormido en nosotros: la esperanza que se enfrió, la alegría que se apagó, la confianza que se desgastó, la ternura que olvidamos SER y dar.


Hoy Jesús nos pide algo muy concreto: no dejar que las preocupaciones nos roben la capacidad de amar y de esperar. No dejar que el alma se cierre. No dejar que el corazón se embote.

 


Velar… es vivir atentos a los pequeños movimientos de Dios en lo cotidiano: esa palabra que consuela, ese abrazo que sana, esa oportunidad de servir, esa persona que necesita tu mirada limpia, tu acogida, tu ayuda.

 


Orar… es permitir que el Espíritu respire dentro de ti y te devuelva la paz que habías perdido. Es dejar que Dios sea Dios y que tú seas en Él.

 

PREGÚNTATE y responde en un diario tuyo– ¿Qué peso, preocupación o distracción está embotando hoy mi corazón? – ¿Qué parte de mí necesita despertar para SER COMO JESÚS?