sábado, 29 de noviembre de 2025

ADVIENTO: Venir a ser como Jesús, Amor incondicional

 


ADVIENTO PARA TU CORAZÓN

 


Adviento: ¡Dios vuelve a encender la esperanza! Es momento para despertar el corazón, volver a mirar nuestra vida desde Dios y abrir espacio para que Jesús nazca de nuevo en lo concreto de nuestro día a día pero hay qué querer RENACER, querer trabajar el interior.

 

Bájale a la velocidad que llevas entre tanto pensamiento inútil y que detona tantos sentimientos que no te ayudan a estar fuerte, estable, alegre en medio de lo que está o viene.  Mantén tu corazón abierto para despertar a lo que Dios está haciendo aquí y ahora. Dios SIEMPRE vuelve a apostar por nosotros, así que atrévete a decirle a Dios:

“Señor, ayúdame a que quiera cambiar lo que me ha hecho tanto daño: mi egoísmo, esta soberbia, los miedos…


 

Él nos recuerda que aún es posible nacer de nuevo; que nuestras luces y oscuridades, nuestras luchas y deseos, no le asustan porque Él sabe que nos hizo luz, paz, amor, felicidad, estabilidad, seguridad, fortaleza, pero todo eso lo vamos ensombreciendo y ahogando por nuestros pensamientos sin fe adulta, inadecuados.

 

Dios ahora mismo te está susurrando: “Déjame llegar allá donde te da miedo. Déjame entrar donde estás sobreviviendo. Déjame encender lo que creías apagado”.

 


 

“ALCEN LA CABEZA… SU LIBERACIÓN ESTÁ CERCA.”

 


“Cuando comiencen a suceder estas cosas… levántense, alcen la cabeza, porque se acerca su liberación” (Lc 21,20-28).

 

Hay palabras del Evangelio que no se leen rápido. Se leen despacio, casi en silencio… porque rozan esos lugares donde guardamos nuestros miedos más profundos.

 


Jesús habla hoy de signos, de sacudidas, de noches que parecen interminables. Y, sin embargo, en medio de todo, pronuncia una frase que es como una caricia:

“Alcen la cabeza… su liberación está cerca.”

 


Y ahí, Señor, me detengo. Porque todos conocemos algo de esos días en los que la vida se rompe un poco: cuando algo se mueve bajo nuestros pies, cuando lo que creíamos seguro ya no lo es, cuando las noticias duelen, cuando las fuerzas no dan, cuando el alma parece pequeña. Y Tú, en lugar de pedirnos que nos escondamos, nos pides que miremos hacia Ti. Nos dices que levantemos la cabeza, no para negar lo que pasa, sino para recordar que no caminamos solos. Que aun cuando el mundo se sacude, Tu rostro sigue siendo firme, y Tu amor, inquebrantable.

 


Hoy esta Palabra llega a la antesala del Adviento…a estos días donde el corazón empieza a hacer espacio, a limpiar, a ordenar, como quien se prepara para una visita que puede cambiarle la vida. Y pienso que quizá eso es el Adviento: aprender a mirar de frente la realidad —la dura, la que duele, la que no controlamos—y aun así elegir esperar trabajando en mi propio interior, a tu estilo Oh Dios!

 

Esperar con la cabeza levantada, con los pies en la tierra, con el corazón despierto, como quien sabe que tú, Dios Fiel y Cariñoso siempre viene, aunque a veces llegues en silencio, o distinto a lo que imaginábamos. Tú Jesús, hoy, aquí y ahora, nos recuerdas que el final no es el caos, sino la liberación; que no es el miedo, sino la promesa; no es la oscuridad, sino el amanecer. Nos recuerdas que ahora, lo más valiente es seguir amando, seguir sosteniendo, seguir escuchando, seguir caminando, aunque haya signos que no entendemos del todo.

 


PAR TI QUE LEES, pregúntate — ¿Qué situaciones de mi vida hoy me hacen bajar la cabeza… y qué significa para mí levantarla delante de Dios? — ¿Qué “sacudidas” estoy viviendo y dónde descubro al Señor diciéndome: “No temas, estoy aquí”? — ¿Cómo quiero preparar mi corazón no sólo para este Adviento sino para mi día a día lo que dure mi vida aquí en la tierra: ¿Qué quiero soltar, ordenar, abrazar? — ¿Qué liberación necesito que Dios me ayude a nacer en mí?

 

DESPIERTA EL CORAZÓN… EL SEÑOR YA ESTÁ CERCA

 


“Tengan cuidado: no se les embote el corazón con los vicios, la embriaguez y las preocupaciones de la vida… Velen y oren en todo momento.” Evangelio (Lc 21, 34-36)

 


Hay palabras de Jesús que no sólo se escuchan, sino que se sienten como una mano suave que toca el pecho y susurra: “Despierta…”

 


Jesús no nos pide que corramos más, ni que hagamos cosas extraordinarias. Nos invita a algo más esencial: cuidar el corazón, cuidar las propias entrañas, cuidar nuestro SER.

 


Porque el corazón —ese lugar secreto donde Dios habla— puede embotarse. No por maldad, sino por cansancio, por prisas, por preocupaciones que se vuelven demasiado pesadas, por heridas que no se sabe cómo cicatrizar. Sin darnos cuenta, el alma se llena de ruido… y entonces la vida pasa, pero no la habitamos, la tiramos, y nos envolvemos en telarañas que nosotros mismos fabricamos y que nos atrapan, nos esclavizan.

 


Y justo ahí, en ese punto donde nos sentimos distraídos o cargados, Jesús nos susurra:

“Velen… oren… manténganse despiertos.”



Esta palabra llega como un anticipo de Adviento, como si el Señor ya estuviera tocando la puerta por dentro, pidiendo espacio para nacer (RENACER) en lo profundo. Porque el Adviento que comienza no es un tiempo para “preparar cosas”, sino para prepararnos a nosotros, para despejar la cuna interior donde Cristo quiere nacer. Y esa cuna se limpia velando. Se ensancha orando. Se calienta amando. Amándonos primero como Dios lo ha hecho con nosotros y amar a la creación entera ayudando, cuidando a tanto ser vivo indefenso sin olvidar a los animalitos que tanto, pero tanto padecen en nuestras manos y cerebros tan egoístas.

 


Adviento es permitir que Dios despierte lo que está dormido en nosotros: la esperanza que se enfrió, la alegría que se apagó, la confianza que se desgastó, la ternura que olvidamos SER y dar.


Hoy Jesús nos pide algo muy concreto: no dejar que las preocupaciones nos roben la capacidad de amar y de esperar. No dejar que el alma se cierre. No dejar que el corazón se embote.

 


Velar… es vivir atentos a los pequeños movimientos de Dios en lo cotidiano: esa palabra que consuela, ese abrazo que sana, esa oportunidad de servir, esa persona que necesita tu mirada limpia, tu acogida, tu ayuda.

 


Orar… es permitir que el Espíritu respire dentro de ti y te devuelva la paz que habías perdido. Es dejar que Dios sea Dios y que tú seas en Él.

 

PREGÚNTATE y responde en un diario tuyo– ¿Qué peso, preocupación o distracción está embotando hoy mi corazón? – ¿Qué parte de mí necesita despertar para SER COMO JESÚS?